Ruy González de Clavijo: de Madrid a la corte de Tamerlán
Una placa en la Costanilla de San Andrés
En la Costanilla de San Andrés, una placa colocada por el Ayuntamiento de Madrid en 1991 recuerda las casas de Ruy González de Clavijo. Su nombre pertenece a la historia de la villa, pero también a la de una embajada que partió de Castilla y que, a comienzos del siglo XV, llegó hasta la ciudad de Samarcanda, en Asia Central.
Clavijo estaba a las órdenes de Enrique III de Castilla y, en 1403, partió con otros delegados enviados por el rey hacia la corte de Timur (conocido en Occidente como Tamerlán). Regresó casi tres años después. Del viaje nos queda la relación que permite seguir el camino, conocer algunas de las ciudades de paso y asomarse a la vida de la corte timúrida.
La razón por la que Enrique III se dirigió a Tamerlán

En 1402, el vencedor en la batalla de Ankara fue Tamerlán, que derrotó al sultán otomano Bayaceto I. Tal acontecimiento cambió profundamente las relaciones de poder en un área que inquietaba a las cortes europeas. Enrique III ya había enviado observadores a Oriente: Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos habían seguido de cerca aquel enfrentamiento.
Tras la victoria se llevaron a cabo gestiones diplomáticas entre la corte de Tamerlán y la castellana: Enrique III decidió mandar una nueva embajada, que estaba constituida, entre otras personas, por Ruy González de Clavijo, fray Alfonso Páez de Santa María y Gómez de Salazar.
La embajada tenía que llevar cartas y regalos al conquistador. Llegar hasta él resultaría mucho más difícil que acordar la embajada.
De El Puerto de Santa María al mar Negro
Los embajadores salieron de El Puerto de Santa María en el mes de mayo de 1403. Navegaron por el Mediterráneo, alcanzaron Constantinopla y permanecieron allí varios meses. Continuaron por el mar Negro, hasta Trebisonda, en la costa de la actual Turquía. Desde aquí la mayoría del recorrido se hizo por tierra.
Atravesaron zonas de Anatolia, Armenia y Persia, y siguieron hasta las puertas de Asia Central, a través de rutas que dependían de guías, autoridades locales y condiciones que cambiaban.
El relato del viaje deja un espacio dedicado a los mercados, a las construcciones, a las costumbres que encontraban. Tales pormenores, anotados en medio de jornadas de marcha o de estancias en distintas ciudades, explican por qué el texto también es interesante para quienes estudian la vida cotidiana y los viajes medievales.
Samarcanda, septiembre de 1404

La embajada llegó a las cercanías de Samarcanda el 4 de septiembre de 1404; cuatro días después, de acuerdo con la cronología recogida por la investigación histórica, sus miembros presentaron las cartas ante Tamerlán.
Entonces, la ciudad era el centro ceremonial y político de un vasto dominio. En torno a ella se levantaban jardines, palacios y edificios cuya construcción había movilizado recursos y artesanos procedentes de tierras conquistadas.
Los castellanos asistieron a los banquetes y recepciones; fueron testigos del protocolo de una corte muy diferente de la que conocían. El relato hace posible seguir buena parte de aquellas ceremonias, y sucede que en ocasiones no resulta tan sencillo separar lo que directamente observaron de la información recogida durante la estancia.
Tamerlán se encontraba preparando una campaña hacia China. Los embajadores no podían permanecer indefinidamente esperando nuevas audiencias, y en noviembre de 1404 iniciaron el regreso.

La muerte de Tamerlán complicó el regreso
Tamerlán falleció en febrero de 1405, cuando la expedición castellana ya había abandonado Samarcanda; su muerte suscitó tensiones entre los miembros de la dinastía y las autoridades que controlaban las rutas por las que deberían volver a pasar los viajeros.
Los enviados sufrieron retenciones y la pérdida de bienes durante su camino de vuelta. En Tabriz tuvieron que esperar varios meses para poder continuar, y posteriormente llegaron a Trebisonda, donde tomaron nuevamente un barco de regreso hacia el Mediterráneo.
La vuelta acabó teniendo un recorrido casi tan largo como la ida. La muerte del soberano al que habían acudido cambió el contexto político de la misión, pero el testimonio de aquel viaje sobrevivió.
Marzo de 1406: el regreso a Castilla
La delegación llegó a la corte castellana el 24 de marzo de 1406. Tal como sigue la cronología de la relación estudiada por los especialistas, Enrique III aún estaba vivo y falleció en diciembre de ese año.
Clavijo continuó ligado al entorno cortesano, pero sabemos mucho menos sobre su vida que sobre los tres años de viaje. No está establecida con seguridad su fecha de nacimiento, lo que sí que queda demostrado es su vínculo con Madrid y sus propiedades en la parroquia de San Andrés.
Sus casas junto a la Plaza de la Paja
La huella madrileña de Clavijo está ligada a San Andrés y a la Plaza de la Paja. La tradición que recogió Ramón de Mesonero Romanos estableció que sus casas estaban relacionadas con el espacio que posteriormente quedaría asociado con la familia Vargas y con la Capilla del Obispo.
La placa del Plan Memoria, que fue colocada en 1991 en la Costanilla de San Andrés, 6, hace referencia precisamente a ese recuerdo. Su inscripción se refiere de manera bastante concreta a las casas del madrileño Ruy González de Clavijo, aludiendo a la embajada a Tamerlán de 1403-1406.
La placa no resuelve todo tipo de dudas sobre su biografía, pero mantiene a pie de calle una referencia concreta de un vecino del Madrid medieval.
El sepulcro perdido de San Francisco

Clavijo murió el 2 de abril de 1412. Fue enterrado en la iglesia del antiguo convento de San Francisco de Madrid, donde se documenta su sepulcro.
Aquel edificio ya no existe, pues el conjunto medieval de San Francisco fue sustituido por la actual basílica de San Francisco el Grande, construida en el siglo XVIII. La fotografía de la fachada permite localizar la continuidad del lugar, pero no muestra la iglesia en la que fue enterrado el embajador.
¿Quién escribió la Embajada a Tamorlán?
El relato se conoce tradicionalmente como Embajada a Tamorlán, y la Biblioteca Nacional de España conserva testimonios manuscritos de los siglos XV y XVI. En 1582 Gonzalo Argote de Molina prepara en Sevilla la primera edición impresa, la cual se titula Historia del gran Tamorlán.

Este libro se ha atribuido tradicionalmente a Clavijo; sin embargo, los estudios sobre su transmisión no han zanjado por completo quién elaboró la versión que ha llegado a nosotros.
Francisco López Estrada comenta que la narración habla muchas veces de los «embajadores» y no identifica de un modo directo a un único narrador. Esa discusión sobre la autoría de ese relato no le resta valor al documento, ya que las páginas que conservamos relatan la expedición de la cual fue parte Clavijo y describen lugares y ceremonias de comienzos del siglo XV.
El manuscrito que podemos consultar no debe confundirse con un autógrafo suyo.

De Samarcanda a una calle de Madrid
La placa de la Costanilla de San Andrés resume la embajada con dos años: 1403 y 1406. Entre esas fechas hubo una travesía por mar, una larga ruta por tierra, la llegada a Samarcanda y un retorno dificultado por los cambios políticos que siguieron a la muerte de Tamerlán.
El nombre de Ruy González de Clavijo quedó unido al viaje y al texto que lo transmitió. En Madrid, el recuerdo permanece en una placa discreta, cerca de la Plaza de la Paja y de San Andrés, allí donde las fuentes sitúan parte de su vida.





