La Plaza de la Paja: historia de un gran mercado del Madrid medieval
Antes de la Plaza Mayor, Madrid comerciaba aquí
Hoy en día la Plaza de la Paja es un remanso de paz que parece el último rincón acogedor del Madrid de los Austrias. Pero, durante siglos, fue otra cosa muy distinta. Mucho antes de que la Plaza Mayor adoptase su forma monumental, esta plaza y la Plaza de los Carros formaban uno de los grandes escenarios comerciales de la villa medieval.
Por aquí circulaba, en toda su amplitud, el comercio de productos, de animales, de carros, de comerciantes. Las fuentes de las que se dispone al respecto relacionan la zona sobre todo con el comercio de cereales y caballerías, tal vez por su conexión con la primitiva Puerta de Moros. No era un mercado cerrado, como el de otras plazas mayores del pasado reciente, no era un mercado mayor, pero sí uno de los muchos nodos de intercambio del Madrid amurallado, del Madrid antiguo.
Allí se sitúa la primera clave para mirar la plaza, bajo su aspecto actual subyace una geografía comercial casi borrada. Y, además, hay también una pregunta que puede parecer sencilla, pero no lo es tanto: ¿por qué se llama Plaza de la Paja?
¿Por qué es conocida como Plaza de la Paja?
La versión más utilizada se relaciona con el propio mercadillo que se celebraba en la plaza: si allí se comerciaba con cereal, la paja formaría parte del paisaje económico de la plaza. Pero hay otra versión más concreta que nos ofrece la documentación conservada en relación a la Capilla del Obispo.
Una investigación que se ha hecho a partir de la documentación del archivo de la capilla establece que de las rentas de la fundación se procedía a obtener una cantidad importante de paja y que los capellanes debían subastarla. Además, los capellanes recibían una asignación destinada al mantenimiento de sus mulas. Esta versión se une a lo que recogen las fuentes municipales, que establecen licitación o subasta de la paja, y se convierte, entre todas las consultadas, en la que aporta un mecanismo más preciso en términos históricos.
Aun así, no conviene quedar atrapados con una buena pista que no se convierte en certeza, y ésta es la principal limitación que dan las fuentes en este aspecto. No hemos encontrado el documento original que fijara la toponimia y existen versiones de carácter municipal distintas, incluso la que alude a una obligación de entrega entre vecinos. Por eso lo más riguroso es afirmar que la conexión entre la plaza, el cereal, la paja y la capilla está bien atestiguada —mientras que la etimología concreta está abierta todavía--.
Cómo la plaza del Arrabal —la futura Plaza Mayor— se fue consolidando como plaza comercial
La Plaza de la Paja no perdió su protagonismo de un día para otro. La mutación fue gradual y es conveniente distinguir distintas fases. La plaza del Arrabal —el espacio que después se conforma como la actual Plaza Mayor— ya existía en el reino de Juan II: en un documento de 1432 ya era mencionada expresamente y las fuentes municipales hacen constar que aquel monarca impulsó su urbanización. Además en 1447 Juan II concede también dos ferias francas a Madrid, aunque aquella concesión fue revocada en 1449. Por este motivo, atribuir el origen urbano desde la plaza del Arrabal tiene sentido, pero no es equivalente a expresar que el gran mercado de la Plaza de la Paja fue trasladado a la vez ahí.
El salto decisivo hacia la consagración comercial se produjo posteriormente. En 1463 Enrique IV otorgó a Madrid un mercado franco semanal, que inicialmente se había de celebrar junto al Alcázar de Madrid, y que hacia 1465 pasó provisionalmente por la plaza del Arrabal, aunque el mismo rey intentó presionar concentrando después el mercado en la plaza de San Salvador, que pertenecía al entorno actual de la plaza de la Villa y la calle Mayor. De cualquier modo, la actividad del comercio fue echando raíces en el Arrabal. Pero bajo los Reyes Católicos ese proceso se consolidó: en 1484 se dispuso que tres de los cuatro mercados mensuales se celebrasen en el Arrabal y ya en 1489 datan las instalaciones comerciales fijas. Por lo tanto, la futura Plaza Mayor no surgió de una única orden, de un único soberano: el rey Juan II forma parte de su etapa de formación y urbanización; el rey Enrique IV, de un eslabón de su desarrollo mercantil; los Reyes Católicos, de su consolidación. De ahí que resulte engañoso decir que un soberano creó la Plaza Mayor de un solo golpe o que el mercado original fue desviado. De la Plaza de la Paja se ha ido perdiendo centralidad, mientras que el Arrabal se va haciéndose con ella. A la vez, la plaza se entendía como una forma de poder. La religión y los grandes linajes coexistían como formas de concentrar el dominio.
San Isidro y la capilla del Obispo

La vinculación entre San Isidro y este entramado no es sólo devocional; sus restos físicos han estado aquí. La tradición municipal condensa que su primer enterramiento estuvo en el cementerio de San Andrés y, hacia el 1212, su traslado al interior de la iglesia. Centurias más tarde se desplazan a la nueva capilla construida junto a San Andrés.
La Capilla del Obispo -oficialmente Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán- fue construida entre 1520 y 1535. Ésta es su advocación formal, aunque finalmente se fue imponiendo el topónimo popular de "Capilla del Obispo" por Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia, hijo de Francisco de Vargas y principal promotor de la finalización y decoración del complejo. La iniciativa se planteó para colocar los restos de San Isidro, pero la convivencia duró poco. Las referencias que se incluyen muestran un debate sobre el momento de su regreso a San Andrés; el Museo de San Isidro fija este hecho en 1544, pero la publicación arqueológica de la Comunidad de Madrid fija esa fecha en 1555 y ve la fecha como variable, es precisamente una cronología bastante variable.

Con el regreso del santo, la capilla terminó reconvirtiéndose en el panteón de los Vargas. De este modo, continúa conservando el retablo de Francisco Giralte y los sepulcros de Francisco de Vargas, de Inés de Carvajal y de Gutierre de Vargas Carvajal. La fundación permanece conservada en la línea familiar, convirtiéndose en la Casa de Alba, que acabaría por ceder la capilla a la diócesis de Madrid-Alcalá en 1980.
La arqueología añade otra capa que va bajo el propio suelo de la capilla. Las excavaciones de recuperación del conjunto documentaron los muros y cimentaciones de varias fases de la iglesia de San Andrés y varias fases de su cementerio parroquial, hasta el punto de que quedaron documentados enterramientos medievales y finales del siglo XV y principios de XVI, con una concentración de sepulturas infantiles y tumbas antropomorfas de ladrillo. Parte del cementerio quedó sellada por una extensa capa de cal al construirse la Capilla del Obispo. Todo ello remite a antiguas prácticas parroquiales y funerarias en San Andrés pero no confluyen necesariamente con la tumba de San Isidro a pesar de que la tradición sitúe la primera tumba de él en el cementerio de esta parroquia.

La zona constituía el espacio donde comercio devoción y poder familiar se concentraron en unos pocos metros. Esa concentración al mismo, se hace mucho más ostensible cuando nos referimos a los edificios que bordearon la plaza, muchos de los cuales ya no se encuentran.
La plaza de los palacios que ya no vemos
Las casas de Clavijo y el Palacio de los Vargas: dos propiedades muy próximas
En el inicio del siglo XV, Ruy González de Clavijo, el diplomático de Madrid que entre los años 1403 y 1406 realizó el viaje a la corte de Tamerlán, tuvo sus casas en este ámbito, en las cercanías de San Andrés. Una placa municipal, situada hoy en Costanilla de San Andrés, 6, recuerda aquel lugar. El Museo de San Isidro indica que a finales del siglo XV esas casas pasaron a los Vargas.
Aquí resulta absolutamente necesario distinguir de manera clara dos propiedades muy cerca unas de otras vinculadas a los Vargas. Una es el desaparecido Palacio de los Vargas de la Plaza de la Paja, edificado sobre el solar que ocupa hoy el número 4. Otra cuestión son las viejas casas de Ruy González de Clavijo, hoy recordadas por la placa de Costanilla de San Andrés, 6, pues también pasaron a manos de los Vargas a finales del siglo XV. Las fuentes permiten referirse con seguridad a dos referencias actuales distintas y a varias propiedades del linaje en torno a San Andrés; no permiten, en cambio, referirse a las antiguas casas de Clavijo como «palacio» ni trasladar sin más la numeración moderna a los estrictos límites de las parcelas medievales.
El Palacio de los Vargas: de residencia a teatro y Caja de Imposiciones

El Palacio de los Vargas de la Plaza de la Paja es un buen ejemplo; no ha de confundirse con el Palacio de los Vargas de la Casa de Campo. El de la plaza ya no se conserva. A lo largo del siglo XIX se reformó la antigua casa y albergó múltiples usos y, entre otras funciones, la del Teatro y Café de España. Finalmente, resultó demolida a principios del siglo XX.
En ese solar se construyó, entre 1920 y 1921, el edificio del Círculo de Obreros Católicos, diseñado por Emilio Antón Hernández y que posteriormente estaba destinado a otros usos educativos. Este edificio es el que actualmente ocupa el número 4 de la plaza. Las diferentes fuentes consultadas no acreditan que conserve restos identificables del antiguo palacio.
El siglo XIX también dejó otras historias. En 1876, tras estar en otros locales, Baldomera Larra —la hija de Mariano José de Larra— trasladó su Caja de Imposiciones a la Plaza de la Paja. Prometía intereses extraordinarios y los pagaba con el dinero de los nuevos depositantes. El sistema acabó desplomándose y el asunto llegó a los tribunales; hoy se estudia como todo un precedente de los fraudes de estructura piramidal. El episodio nos hace ver lo mucho que había cambiado el lugar, pues aquel antiquísimo escenario nobiliario era ya también lugar de diversión, de actividad financiera y de la vida urbana contemporánea.
De don Pedro de Castilla a los Lasso de Castilla

Otro gran conjunto desaparecido fue el que acabaría conociéndose como Palacio de los Lasso de Castilla. Para entender este nombre hay que empezar con don Pedro de Castilla y Fernández Bernal, corregidor de Toledo. Era bisnieto del rey Pedro I de Castilla —llamado tradicionalmente el Cruel—: su padre fue Pedro de Castilla, obispo de Osma y Palencia, y su abuelo Juan de Castilla, hijo natural que tuvo Pedro I. Hacia 1470 se casó con Catalina Lasso de Mendoza, señora de la mitad de Mondéjar, hija de Pedro Lasso de Mendoza y de Juana Carrillo. El matrimonio unió a este linaje de los Castilla de procedencia real con los Lasso de Mendoza. Don Pedro no tuvo que llamarse «Lasso de Castilla» para que la combinación de ambos apellidos lo fuera: la unión de los apellidos merced a don Pedro de Castilla está en el hijo de éste, Pedro Lasso de Castilla, que nace alrededor de 1472 y es vecino de Madrid.
En 1477, la tradición historiográfica madrileña sitúa el alojamiento de los Reyes Católicos en las casas de don Pedro de Castilla. Su hijo Pedro Lasso de Castilla las modificará y ampliará. Memoria de Madrid añade una ampliación de 1490 y la construcción de una gran torre en 1495. Con las ampliaciones, la casa superará las cien habitaciones y llegará hasta la Costanilla de San Andrés y calles cercanas. Uno de los elementos más originales de la casa fue el pasaje voladizo que salvaba la calle y unía la casa con una tribuna de la iglesia de San Andrés y permitía entrar en la iglesia sin bajar a la calle. El palacio se vinculó estrechamente a la corte. Además de la estancia de 1477, aparece vinculado más adelante con Juana I y Felipe el Hermoso, Cisneros y Adriano de Utrecht, futuro Adriano VI. La tradición historiográfica madrileña relaciona a los Reyes Católicos con estas casas en ese momento de estancia, pero también bien es cierto que los monarcas utilizaban el Alcázar, por lo que no podemos reconstruir cada uno de sus movimientos en la villa.
A un Cisneros se le asocia una de las escenas más famosas del palacio: la tradición cuenta que, cuando la autoridad de su regencia fue puesta en cuestión, dio a entender que los poderes eran aquellos, señalando las fuerzas militares. Se trata de una anécdota que ha llegado hasta nosotros a base de diferentes versiones y no situadas todas en el mismo lugar, por lo que debemos quedarnos con ella como lo que es: una tradición que tiene que ver con el edificio, no una escena probada en sus detalles.
El gran palacio fue desapareciendo por fases. La Torre fue derribada el 1816, parte importante de la fachada fue perdiéndose de manera deliberada el 1861 y el conjunto del edificio desapareció entre 1881 y 1882. La pasarela voladizo también desapareció. En la actualidad no se conserva su estructura, pero sí puede ser vista en el entorno de la Costanilla de San Andrés la antigua llegada a la iglesia, hueco realmente con señales específicas de su existencia, bien recordadas por una rotulación municipal. Es una de esas huellas que permite rehacer los caminos perdidos a partir de los caminos que faltan.
El Príncipe de Anglona: una capa nobiliaria que sí permanece

No se perdió todo. En la parte baja de la plaza permanece el conjunto del Príncipe de Anglona. El edificio en la actualidad se desarrolló de manera fundamental entre 1675 y 1690 aunque con anterioridad la propiedad era de otro modo. Las fuentes no son coincidentes en lo que respecta a las fechas de adquisición y primera reedificación por parte de los Benavides que se situarán a caballo entre finales del siglo XVI y principios del XVII. Posteriormente pasará a formar parte de la Casa de Benavente.
La denominación que hoy le damos se debe a Pedro de Alcántara Téllez-Girón, príncipe de Anglona y quinto hijo de IX duque de Osuna y de María Josefa Alonso Pimentel, XII condesa-duquesa de Benavente y duquesa consorte de Osuna. Pedro de Alcántara ocupó el palacio antes de su propiedad, pues lo heredó tras la muerte de su madre, acaecida en el año 1834. María Josefa fue, además, la responsable de la ejecución del Capricho de la Alameda de Osuna, el famoso área y jardín de placer que llevó a cabo en las afueras de Madrid. Esa relación coloca al Palacio del Príncipe de Anglona dentro del mismo gran universo nobiliario de los Benavente y los Osuna que dejó, entre otras, una de sus huellas más conocidas en El Capricho.

El jardín, de origen dieciochesco, destaca por su composición geométrica y caminos de ladrillo. Su imagen actual está vinculada tanto a la acción de Javier de Winthuysen en 1920 como a la intervención de la administración de la ciudad en 2002. Y se presenta como uno de los pocos lugares de esta historia que aún se pueden recorrer y permiten conectar físicamente con la dimensión aristocrática de la plaza.
La Plaza de la Paja hoy: aprender a mirar lo que falta
La Plaza de la Paja no conserva el Madrid que la hizo importante. El mercado medieval se trasladó. Las casas de Clavijo se hicieron desaparecer. Los palacios de los Vargas y de los Lasso dieron paso a otros edificios. Ya no se cruza la calle en el pasadizo hacia San Andrés. Incluso la misma búsqueda del origen exacto del nombre nos fuerza a separar la parte documentada de lo que se repite.
Y, sin embargo, esas capas siguen arrojando indicios: una capilla, una placa, un jardín, un solar, un topónimo. La plaza se entiende más si dejamos de verla como un simple rincón pintoresco y comenzamos a leerla como un palimpsesto urbano.
La próxima vez que crucemos la Plaza de la Paja, quizás lo más interesante de esa plaza no sea solo lo que está ante nuestros ojos, sino también preguntarnos qué ocupaba ese lugar hace quinientos años, qué desapareció y por qué algunas historias siguen consiguiendo sobrevivir incluso cuando sus edificios ya no están.





