El escudo de Madrid: del oso medieval al Oso y el Madroño
En Madrid es fácil encontrarse con un oso y un madroño sin buscarlos. Aparecen en escudos de piedra, placas de calles, documentos municipales y, desde 1967, en la conocida escultura de la Puerta del Sol. Esa familiaridad puede hacer pensar que el emblema ha sido siempre igual. No lo ha sido: sus figuras, su disposición y las explicaciones sobre su origen han cambiado durante siglos.
El escudo reúne historias de épocas muy distintas: el oso de la Villa medieval, una disputa por el aprovechamiento del territorio, siete estrellas de significado discutido, un árbol identificado con el madroño y hasta un dragón —o grifo— que llegó a formar parte de las armas municipales. Los documentos permiten seguir algunos de esos cambios; para otros detalles solo contamos con interpretaciones posteriores.
Antes del madroño: el oso de la Villa
La figura más antigua asociada al emblema de Madrid es un oso, también llamado osa en algunas fuentes y tradiciones. Las síntesis municipales sitúan su uso como insignia de la Villa en tiempos de Alfonso VIII y lo relacionan con las milicias concejiles, incluida su participación en las campañas que culminaron en las Navas de Tolosa, en 1212.
No conocemos, sin embargo, todos los detalles de aquellos primeros estandartes. Las imágenes conservadas son posteriores y las versiones del escudo cambiaron con el tiempo. Lo que puede afirmarse con prudencia es que el animal se convirtió pronto en un signo reconocible del Concejo de Madrid; reconstruir su apariencia exacta en el siglo XIII resulta bastante más difícil.
En esas primeras etapas, el oso no aparece necesariamente erguido sobre un árbol. La explicación tradicional de esa postura conduce a un pleito entre dos instituciones que querían aprovechar los mismos terrenos.
Una contienda por los pastos y los árboles que acaba por entrar en el escudo
A comienzos del siglo XIII, el Concejo de Madrid y el Cabildo eclesiástico discutieron por el uso de tierras, montes y pastos. Según la explicación recogida por el Ayuntamiento, la solución atribuyó al Cabildo el aprovechamiento de los pastos y al Concejo el de los árboles y la caza. La tradición heráldica relaciona ese reparto con la imagen del oso apoyado en un árbol.
El animal que antes podía representarse caminando pasó a figurar empinado al tronco. Era una manera de vincular el emblema de la Villa con los aprovechamientos que le correspondían. Ahora bien, esa lectura explica una tradición sobre el origen de la figura; por sí sola no demuestra cuándo se dibujó por primera vez de ese modo.

¿Y el árbol era un madroño? Hoy el reglamento municipal lo identifica así, y esa denominación está asentada. En las representaciones antiguas, en cambio, la especie no siempre puede reconocerse con seguridad. Tampoco hay base suficiente para afirmar que el Madrid medieval estuviera rodeado de extensos madroñales. Un árbol heráldico es, ante todo, una figura simbólica, no una ilustración botánica. Conviene distinguir lo que muestran los escudos antiguos de la identificación que se consolidó después.
Las siete estrellas: un cielo recuperado como símbolo
Las siete estrellas rodean al oso y al árbol en una bordura azul. En el escudo oficial actual son de plata y tienen seis puntas. Su presencia es antigua, aunque las fuentes no permiten atribuirles con seguridad una única explicación original.
La interpretación más conocida las relaciona con la Osa Mayor, una asociación sugerida por el propio animal del escudo. El Ayuntamiento ha utilizado esa lectura al explicar determinados símbolos urbanos. También circularon explicaciones eruditas que las vinculaban a la Carpetania o a etimologías antiguas; esas hipótesis no deben confundirse con hechos acreditados.
Las estrellas, por tanto, forman parte de las armas madrileñas desde hace siglos. Lo que sigue abierto es cómo y por qué se les atribuyeron sus distintos significados. Las versiones históricas del escudo muestran que las figuras pueden perdurar aunque cambien sus interpretaciones.
La corona: Madrid incorpora una nueva dignidad

La corona tampoco estuvo siempre representada como hoy. Un acta concejil del 9 de abril de 1548 recoge una petición para colocarla sobre el árbol y acompañar el escudo con una orla azul de siete estrellas. Emilio Guerra Chavarino advierte, sin embargo, que no se ha conservado un documento que certifique la concesión definitiva en esos términos. Por eso es más preciso hablar de un proceso documentado en el siglo XVI que dar por segura una fecha de concesión.
Las coronas y otros adornos varían de unos escudos antiguos a otros. Algunas diferencias responden al momento en que se realizaron, a las preferencias artísticas o al uso concreto de cada pieza. Observarlas ayuda a leer la historia del emblema sin exigir que todas las representaciones se ajusten al diseño vigente.
Cuando Madrid llevó un dragón en su escudo
Durante el siglo XIX, Madrid añadió a sus armas un animal fantástico que hoy ya no forma parte de ellas.

En 1842, el archivero de la Villa Facundo Porras Huidobro respaldó la incorporación de nuevos elementos heráldicos, entre ellos un dragón que en algunas versiones acabaría representado como un grifo.
La idea se apoyaba en una descripción de Juan López de Hoyos, del siglo XVI, sobre una figura relacionada con la antigua puerta de la Culebra. Con el tiempo, ese testimonio se interpretó como una prueba de un remoto emblema madrileño. Los estudios posteriores cuestionaron que permitiera llegar a semejante conclusión.
Las fuentes municipales ofrecen cronologías distintas para la reforma: unas hablan de su uso entre 1850 y 1967 y otras sitúan en 1859 uno de los cambios. La composición reunía al oso y el árbol con el dragón o grifo y una corona cívica. Esta última se vinculaba con el reconocimiento a la ciudad por su defensa del orden constitucional en los sucesos del 7 de julio de 1822; su presencia en las armas se relaciona también con acuerdos municipales e informes posteriores.
Durante más de un siglo, por tanto, circularon escudos municipales mucho más complejos que el actual. La discusión no giraba únicamente alrededor de su apariencia: también estaba en cuestión la solidez histórica de las razones empleadas para añadir el animal fantástico.
1967: retomar los elementos esenciales
En el siglo XX, el Ayuntamiento emprendió una revisión de las armas de la Villa.
Para ello contó con la Real Academia de la Historia. El heraldista Dalmiro de la Válgoma había publicado en 1961 un estudio detallado del escudo madrileño, que examinaba la procedencia de sus elementos.
Una de sus conclusiones fue que la presencia del dragón no estaba suficientemente justificada por la documentación histórica.
El 28 de abril de 1967, el Pleno del Ayuntamiento aprobó una composición que recuperaba el oso empinado, el madroño, las siete estrellas y la corona real antigua.
La reforma eliminó el dragón o grifo y la corona cívica. A partir de entonces quedó fijada, en lo esencial, la composición que utiliza la ciudad. El Reglamento municipal de 2026 denomina «corona real abierta» a su remate.
Ese mismo año, el oso y el madroño llegaron también a la Puerta del Sol convertidos en escultura.

Antonio Navarro Santafé fue el autor del monumento, inaugurado el 19 de enero de 1967, algo más de tres meses antes del acuerdo municipal de abril.
La escultura trasladó al espacio público un motivo que los madrileños ya conocían por sellos, documentos y fachadas. Con el tiempo se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la Puerta del Sol.
¿Cómo es el escudo oficial de Madrid?
La descripción vigente figura en el artículo 4 del Reglamento 4/2026, de Protocolo y Ceremonial del Ayuntamiento de Madrid. El escudo tiene un campo de plata sobre el que aparece un madroño verde, con frutos rojos, plantado en un terreno también verde. A su tronco se empina un oso negro, situado a la siniestra heráldica. Una bordura azul contiene siete estrellas de plata de seis puntas, y una corona real abierta remata el conjunto.
Ese texto fija los elementos del escudo oficial, pero no debe proyectarse sin matices sobre todas las representaciones antiguas, que muestran variantes documentadas.
Tampoco hay que confundir el escudo de la Villa con los emblemas de otras instituciones.
La Comunidad de Madrid utiliza igualmente siete estrellas, aunque su escudo responde a una composición distinta. Los logotipos corporativos del Ayuntamiento, por su parte, son recursos gráficos de comunicación y no reemplazan la historia heráldica de la ciudad.
Un escudo que se puede leer en las calles
Un buen ejemplo se conserva junto al Viaducto de Bailén, en la calle de Segovia: es el escudo de piedra de la antigua Casa del Pastor. El edificio desapareció, pero la talla quedó integrada en el entorno actual. El propio Ayuntamiento lo señala entre los ejemplos históricos más antiguos de las armas de Madrid.

La pieza, labrada en piedra y coronada, permite apreciar el oso y el árbol pese al desgaste del relieve. La fotografía actual que acompaña este apartado muestra su estado de conservación; no es una reconstrucción ni una imagen de época.
Otro ejemplo puede verse en la Casa del Escudo, en el número 83 de la calle de Francos Rodríguez, junto a la Dehesa de la Villa. Se trata de un edificio distinto de la antigua Casa del Pastor.

El Plan Director municipal documenta ese antiguo fielato, conocido precisamente por el escudo de la Villa que preside su fachada. La imagen incluida en este apartado procede de una fotografía del editor transformada mediante IA, circunstancia que debe indicarse en su pie.
En fachadas, fuentes, placas y edificios municipales aparecen versiones hechas en momentos diferentes: unas destacan el oso y el árbol, otras incorporan coronas de distinto tipo y otras conservan las formas propias de la etapa del dragón. Esas diferencias ayudan a situar las piezas en su contexto, aunque no bastan por sí solas para fecharlas con precisión.
El oso y el madroño nos resultan familiares, pero su forma actual es el resultado de una historia larga y a veces discutida. Para seguirla basta con mirar dos veces los escudos que Madrid conserva en sus calles y preguntarse qué parte pertenece a la piedra que vemos y cuál a las historias que se contaron después.





