La Dehesa de la Villa: del Monte de Amaniel medieval al bosque público de Madrid
Hay rincones de Madrid que parecen haber estado siempre ahí. La Dehesa de la Villa es uno de ellos. Basta adentrarse entre sus pinos, escuchar a los pájaros y dejar atrás el ruido del tráfico para olvidar por un momento que seguimos en una gran ciudad. Sin embargo, este bosque no es una reliquia medieval conservada intacta. Sus árboles, sus caminos, la extensión del parque y hasta su uso público son el resultado de siglos de transformaciones.
Este territorio fue monte comunal, zona de pastos, fuente de leña, escenario de disputas por los límites y lugar de captación de agua. Con el tiempo sufrió recortes, conoció la plantación de pinos, acogió instituciones educativas y asistenciales, quedó marcado por la Guerra Civil y fue defendido por los propios vecinos. Contar la historia de la Dehesa es contar también cómo Madrid ha aprovechado, transformado y protegido uno de sus paisajes más singulares.
1152 no era todavía la Dehesa de la Villa
Su historia nos lleva primero a 1152. Ese año, Alfonso VII reconoció a Madrid derechos sobre un amplio territorio de montes y sierras situado entre la villa y el ámbito segoviano. El documento ayuda a comprender la expansión de las posesiones concejiles, pero no describe un parque ni menciona por su nombre la Dehesa actual. Presentarlo como su acta de nacimiento sería adelantar la historia varios siglos.
La primera referencia documental localizada al Monte de Amaniel corresponde a 1434. En aquellas afueras había pastos, encinas, terrenos de monte y espacios que aprovechaban los vecinos. No era un jardín público en el sentido actual: los usos colectivos convivían con cercamientos, normas, explotaciones económicas y conflictos por la ocupación de la tierra.
Se ha relacionado tradicionalmente el nombre Amaniel con Lope de Amaniel, un personaje que algunos relatos vinculan al reinado de Enrique II. Pero el historiador Agustín Gómez Iglesias, después de estudiar los documentos del Archivo de Villa, reconoció que no había encontrado pruebas del origen de esa atribución. Es una tradición interesante, no una etimología demostrada.
Cuando el monte alimentaba a Madrid
A medida que crecía Madrid, aquel espacio fue adquiriendo otras funciones. En la segunda mitad del siglo XV aparece organizado como dehesa acotada y, desde finales de esa centuria, como dehesa carnicera: un lugar de pastos para el ganado destinado al abastecimiento de carne. La leña, la madera, la caza y los cultivos también formaban parte de una economía urbana mucho más dependiente del campo cercano de lo que hoy solemos imaginar.
Durante el siglo XVI se roturaron nuevas superficies para dedicarlas al cultivo. Por eso sería un error imaginar aquel terreno como un pinar continuo: había encinas, monte bajo, pastos, parcelas abiertas y sembrados. Las disputas entre vecinos, ganaderos y autoridades nacían de una pregunta muy concreta: quién podía aprovechar cada parte del monte.
Los documentos conservados registran deslindes, amojonamientos y ocupaciones discutidas. Cada mojón cumplía una función práctica: recordar que ese suelo tenía unos límites y un uso que alguien debía respetar. Algunos de esos rastros materiales todavía ayudan a leer el parque con ojos históricos.
El territorio que se fue haciendo pequeño
La Dehesa histórica ocupó un territorio bastante mayor que el parque que conocemos. El cierre y la reorganización de los espacios próximos al Real Sitio de El Pardo, en el siglo XVIII, cambiaron los accesos y la relación con su entorno. Después, durante el reinado de Carlos IV, la ampliación del Real Sitio de la Florida volvió a recortar los terrenos disponibles para los aprovechamientos tradicionales de Amaniel.
Un plano de 1769, asociado a Tomás de Cuéllar, ayuda a entender hasta qué punto eran distintos aquellos límites. Los sucesivos deslindes trataron de aclarar qué correspondía a la villa y qué había pasado a otras posesiones. Las superficies antiguas, expresadas a menudo en fanegas, no siempre se pueden convertir directamente a hectáreas: sin conocer la medida local, es más prudente hablar de una reducción prolongada que repetir cifras dudosas.
En el siglo XX llegaron más pérdidas. La construcción de la Ciudad Universitaria ocupó parte de los terrenos históricamente vinculados a la Dehesa. El parque que ha llegado hasta nosotros ronda las 65 hectáreas, según el expediente de protección patrimonial: una porción del espacio mucho más amplio que tuvo Amaniel.
El agua escondida bajo la tierra: Amaniel y el Canalillo

Antes de existir una red moderna de abastecimiento, Madrid obtenía buena parte del agua mediante los llamados viajes: galerías excavadas que recogían filtraciones del terreno y las conducían hasta fuentes y depósitos. Felipe III impulsó el Viaje de Amaniel, también conocido como Viaje de Palacio, para abastecer al Alcázar. Las obras se organizaron desde 1613 y el sistema entró en funcionamiento a comienzos de la década de 1620. El agua llegaba desde el entorno de Amaniel y Valdezarza hasta el centro de la villa.
Para construirlo se abrían pozos de acceso y galerías, algunas revestidas de ladrillo, con un pequeño canal en su parte inferior. Las arcas servían para recoger el agua, dejar que se asentaran los sedimentos o distribuir el caudal. Sobre determinados pozos se colocaban grandes bloques de granito de forma troncopiramidal: los capirotes. Hoy son una de las pocas pistas visibles de aquel sistema que recorría el subsuelo.
El viaje dio bastantes problemas. Hubo derrumbes, reparaciones y épocas en las que su caudal no bastaba para las necesidades de la Corte. En el siglo XVIII, Juan Bautista Sacchetti y Francisco Sabatini plantearon mejoras, aunque algunas no llegaron a ejecutarse. Con la llegada del Canal de Isabel II, estos conductos fueron perdiendo protagonismo. De aquel mundo subterráneo queda un testimonio especialmente vistoso: el Arca Vieja de Amaniel, recuperada en el parque de Juan XXIII. Está fuera de la Dehesa actual, pero formó parte de su historia hidráulica.

Dentro de la Dehesa todavía se conservan capirotes de granito. Uno de ellos aparece en la fotografía realizada para este artículo: una piedra que puede pasar inadvertida y que, sin embargo, señala toda una historia bajo nuestros pies.

En el siglo XIX apareció otra infraestructura distinta: la Acequia del Norte, conocida popularmente como Canalillo, cuyo proyecto data de 1863. Pensada para conducir agua de riego, dejó un nuevo trazado en el paisaje, representado tiempo después por Enrique Simonet en una de sus pinturas.
Junto a esos vestigios permanecen caminos y trazados como la Senda Real, hoy relacionada con el GR-124. Son testigos de un lugar que fue mucho más que un bosque.
1861: una venta con una historia menos sencilla

En 1861, en plena época de las desamortizaciones, la Dehesa protagonizó un episodio que se suele contar de forma demasiado simple. No basta con decir que «fue desamortizada». Como explicó Agustín Gómez Iglesias a partir de documentos del Archivo de Villa, la finca quedó exceptuada de la venta general y se transmitió directamente al Estado para un fin asistencial: un establecimiento psiquiátrico que no llegó a realizarse tal como se había proyectado.
Entre esos cambios hay una escena que hoy cuesta imaginar. En 1876, al término de la tercera guerra carlista, se instaló en la Dehesa de Amaniel un campamento militar. La prensa ilustrada dejó grabados con hileras de tiendas y escenas de la vida del campamento. Un real decreto firmado por Alfonso XII el 19 de marzo de aquel año lleva incluso como lugar de expedición el Campamento de Amaniel. Nada que ver con los paseos tranquilos de hoy.
En 1901 se produjo otro cambio fundamental. El Estado concedió al Ayuntamiento de Madrid el usufructo perpetuo de la Dehesa, vinculado inicialmente a fines benéficos. Eso no significa que el parque recreativo naciera de repente aquel año ni permite afirmar sin más quién ostenta hoy la titularidad registral del suelo. Sí marcó un paso decisivo en su relación con el municipio y en la evolución hacia un espacio cada vez más utilizado por los madrileños.
De monte de aprovechamiento común había pasado a finca sometida a distintas decisiones políticas y proyectos asistenciales. Con el tiempo acabaría convirtiéndose en uno de los grandes espacios verdes que los vecinos sienten como propio. Su historia jurídica es casi tan cambiante como su paisaje.
El nacimiento del pinar que hoy parece de siempre
Si paseamos hoy por la Dehesa, lo primero que veremos serán pinos. Pero el paisaje medieval era muy diferente: predominaban el encinar, el monte bajo y los pastos. Buena parte del pinar actual procede de las repoblaciones de la segunda mitad del siglo XIX, cuando las autoridades empezaron a defender la creación de espacios arbolados para mejorar las condiciones ambientales de Madrid.
El ingeniero agrónomo Celedonio Rodrigáñez tuvo un papel destacado en aquellas plantaciones. Las fuentes ofrecen fechas cercanas, aunque no idénticas, para el comienzo de las actuaciones y su impulso sistemático. Una ilustración publicada en junio de 1890 recoge una de esas plantaciones y deja constancia de la transformación que estaba viviendo la Dehesa.
Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, los pinos piñoneros y carrascos cambiaron el aspecto del terreno. Hoy comparten espacio con fresnos, chopos, encinas, alcornoques y otras especies. El inventario del expediente de protección patrimonial recogía más de 8.500 árboles y más de un centenar de especies de aves; son datos de un momento determinado, no cifras que deban considerarse inmutables.
Ahí está una de las mayores sorpresas del lugar: lo que hoy nos parece un bosque antiguo es, en buena medida, el resultado de una intervención humana relativamente reciente. La sombra de sus pinos también forma parte de la historia del Madrid contemporáneo.
De lugar de trabajo a paseo, escuela y frente de guerra

En las primeras décadas del siglo XX, la Dehesa fue ganando protagonismo como lugar de ocio y descanso. Paseos, excursiones y reuniones se mezclaban con la presencia de instituciones asistenciales y educativas. El Asilo de la Paloma y las Escuelas Bosque recuerdan una época en la que el contacto con la naturaleza se consideraba beneficioso para la salud y la educación.
La transformación no ocurrió de golpe. Unos iban a caminar, otros a pasar la tarde o a encontrarse con amigos. Las celebraciones de la Fiesta del Árbol y otras reuniones populares muestran cómo el antiguo terreno de aprovechamiento se fue convirtiendo también en un lugar de convivencia.
Uno de los rincones más peculiares fue el Cerro de los Locos, también conocido como Cerro de las Balas. A comienzos del siglo XX se reunían allí boxeadores, atletas, toreros y otros aficionados para entrenarse al aire libre. Francisco Sancha lo dibujó para La Voz en agosto de 1928. La escena parece insólita vista desde el presente, pero retrata una parte muy viva de la historia popular de la Dehesa.
La Guerra Civil rompió aquella vida cotidiana. Su posición durante la defensa de Madrid hizo que se excavaran trincheras y se construyeran búnkeres, refugios y un puesto de mando. Algunos vestigios todavía forman parte del patrimonio protegido. Son señales de un tiempo en el que este espacio, hoy asociado al paseo y al descanso, estuvo ligado al frente de guerra.
Los vecinos que defendieron la Dehesa
1970: el vertido radiactivo de la Junta de Energía Nuclear
En el siglo XX surgieron también preocupaciones por las instalaciones situadas junto al parque. Allí funcionó la Junta de Energía Nuclear (JEN), dedicada a la investigación y equipada con reactores experimentales. No era una central nuclear de producción eléctrica. El organismo que la sucedió es el actual CIEMAT.
El 7 de noviembre de 1970 se produjo un accidente en la JEN: unos 40 litros de líquidos contaminados con cesio-137 y estroncio-90 llegaron al alcantarillado. El vertido alcanzó después aguas y sedimentos vinculados a los ríos Manzanares, Jarama y Tajo, y motivó actuaciones de descontaminación y seguimiento. Las fuentes utilizadas no permiten relacionar ese episodio con una contaminación del Viaje de Agua de Amaniel ni identificar la torre del depósito elevado como origen del accidente.
El Plan Director recoge la preocupación de los vecinos por aquellas instalaciones. El Consejo de Seguridad Nuclear, por su parte, informó de las actuaciones de descontaminación y de los controles realizados y señaló que no se habían identificado riesgos radiológicos para la población que justificasen una vigilancia específica adicional en las zonas afectadas. La existencia del accidente está documentada; atribuirle enfermedades concretas exigiría pruebas que aquí no tenemos.
La defensa del espacio público es otra constante de la historia reciente de la Dehesa. En la década de 1990, un proyecto viario que afectaba al parque encontró una fuerte oposición vecinal. La Coordinadora Salvemos la Dehesa promovió movilizaciones y alternativas para protegerlo. Aquella respuesta ciudadana contribuyó a frenar nuevas transformaciones que habrían alterado profundamente el lugar.
En 2004 se cerró al tráfico rodado la antigua carretera interior, recuperada para el paseo y la bicicleta. En 2007 comenzó a funcionar el Centro de Información y Educación Ambiental de la Dehesa de la Villa. El Ayuntamiento aprobó definitivamente su Plan Director el 9 de mayo de 2019, con el objetivo de orientar la conservación y gestión del parque.
El 11 de diciembre de 2024 llegó un reconocimiento especialmente significativo: la Comunidad de Madrid declaró la Dehesa de la Villa Bien de Interés Cultural, en la categoría de Paisaje Cultural. No se protegían solo sus árboles. También se reconocían los caminos, las obras hidráulicas, las huellas de la Guerra Civil y la memoria de los distintos usos de este territorio.
Quizá por eso merece la pena mirar el parque con otros ojos. La Dehesa de la Villa no es un bosque que haya permanecido intacto desde la Edad Media. Es un lugar que ha cambiado una y otra vez, que ha perdido terreno, ha recuperado usos y ha sobrevivido a conflictos muy distintos. Y que todavía permite descubrir, bajo sus pinos, una parte de la historia de Madrid.





