Francisco de Quevedo y Madrid: las huellas del escritor en la Villa y Corte
En la esquina que se forma al cruzar la calle de Quevedo con Lope de Vega hay una placa conmemorativa que nos recuerda la casa que perteneció a Francisco de Quevedo. Madrid también conserva su nombre en una calle, una glorieta, un monumento y una estación de Metro. Junto a esas huellas que quedaban se esboza una existencia ligada a la Corte: el escritor había nacido en la villa, había hecho los estudios en la Compañía de Jesús, había tratado a los que detentaban el poder, fue detenido en Madrid en 1639, etc. Su historia permite encontrarse con una ciudad en la que se cruzaban la literatura y la política.
Quevedo fue un temible satírico, pero no todas las anécdotas que de él se cuentan -en la cantidad inabarcable en la que aparecen- están documentadas. Las fechas, las inscripciones y los lugares vinculados a su vida sirven para separar a la persona histórica de las leyendas que empiezan a aumentar a su alrededor.
Quevedo nace en el Madrid de la Corte
Francisco de Quevedo y Villegas nace en Madrid en septiembre de 1580; no coinciden todas las fuentes en la fecha exacta de su nacimiento: la cronología del Grupo de Investigación del Siglo de Oro (GRISO), que da cuenta de los nacimientos de los escritores del Siglo de Oro, publicada en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, señala el 14; Ignacio Arellano, en la introducción a El Buscón, indica el 17. En cambio, la fecha de su bautismo, que es la única que una referencia nos puede proporcionar con seguridad, está atestiguada y dice que fue el 26 de septiembre de 1580, en San Ginés. Se debe mencionar ambas noticias, pues la partida parroquial no resuelve por sí misma la discrepancia en cuanto a la fecha de nacimiento.
Sus padres ocupaban un cargo en el servicio de la familia real: Pedro Gómez de Quevedo fue secretario de la reina Ana de Austria y María de Santibáñez también era de la casa de palacio, así que Francisco creció, por lo tanto, en la Corte. Su progenitor falleció en el año 1586 y, conforme la cronología de GRISO, el niño quedó bajo el cuidado y tutela de Agustín de Villanueva, miembro del Consejo de Aragón.
Una parroquia de San Ginés continúa en el mismo lugar de la calle del Arenal aunque su edificación ha tenido innumerables cambios desde el bautizo de Quevedo ya que en el año 1641 cayó parte del antiguo templo. La reconstrucción fue planteada por fray Lorenzo de San Nicolás bajo la dirección del maestro de obras Juan Ruiz y la nueva iglesia fue inaugurada en 1645; la inscripción del pórtico recuerda hoy el bautismo del escritor.

Del colegio de jesuitas a la Universidad de Alcalá
Quevedo fue educado en Madrid por los jesuitas del Colegio de San Pedro y San Pablo. La institución pasó a llamarse Colegio Imperial en el año 1609, cuando él ya había asistido a la misma. Según la cronología de GRISO, ingresó en la Universidad de Alcalá en 1596. Por lo que cuando examinamos el Colegio Imperial en el plano de Pedro Teixeira de 1656 encontramos una fase posterior de la institución, no uno de los colegios que conoció Quevedo.

Se formó en filosofía y teología, aprendió lenguas clásicas, mantuvo trato epistolar con el humanista Justo Lipsio. La cronología académica establece el año de 1600 como su licenciatura tras acreditar estudios de Filosofía natural y Metafísica. Esa formación se repite posteriormente en sus escritos en la parte moral, religiosa y política, y nos ayuda a comprender una obra que excede mucho su sátira.
Entre Madrid y los círculos del poder
Quevedo vivió la vida no sólo en Madrid. Asistió a clases de Alcalá, pasó al menos una parte en Valladolid e Italia, y estuvo vinculado a la Torre de Juan Abad y Villanueva de los Infantes. A pesar de esos viajes, la Corte de Madrid continuó siendo un punto de referencia insoslayable: aquí mantuvo amistades y relaciones políticas, resolvió encargos, halló los lectores y también a sus adversarios.
La cercanía del duque de Osuna le abrió el camino para cumplir misiones de carácter político y diplomático. En 1616 llegó a recibir el hábito de la Orden de Santiago del que se hace ostentación por medio de la cruz que figura en varios retratos suyos. Posteriormente, se aproximó al conde-duque de Olivares y escribió sobre la política de Felipe IV. También se atribuyeron aventuras en el ámbito italiano, interiores o exteriores, entre ellas una supuesta participación en la conjuración de Venecia de 1618. Esta intervención, reproducida en algunas biografías, no dispone de pruebas y no debe contemplarse como un episodio seguro de su vida.

A la par, fue desarrollando obras que circularon por caminos completamente diferentes. Hacia 1605 comenzó la obra Sueños y El Buscón fue publicado en 1626. Sus relatos, poemas y sátiras reflejan una visión crítica que su autor tenía de las costumbres y de las jerarquías del tiempo en que vivió. La experiencia de la Corte, con sus favores y sus conflictos, da cuenta de un aspecto de aquella escritura, aunque no lo explique del todo.
La casa de Quevedo y las huellas de Góngora
Una lápida, en la calle de Quevedo y junto a la confluencia con la calle de Lope de Vega, señala el solar de una casa propiedad del escritor. Es uno de los pocos lugares de Madrid en el que podemos establecer una relación entre una dirección y su vida cotidiana. La ficha municipal de la lápida recoge dos fechas concretas: Quevedo fue propietario del inmueble del 23 de agosto de 1620 hasta el 21 de agosto de 1634. Un recordatorio impreso sobre el pavimento nos dirá que Luis de Góngora vivió allí entre 1619 y 1626. Son datos de la cultura en un mismo solar que, por sí solos, no prueban cómo era la relación de ambos autores. Su literatura rival sí dejó muchas más huellas en forma de sátiras y de ataques por escrito, pero otro tema distinto es la famosa historia de que Quevedo compró la casa para echar a Góngora. Las fechas de propiedad y residencia están documentadas, pero para las fuentes consultadas no se acredita que fuera este el objetivo del nuevo propietario. Sería preferible conservar el episodio como una tradición y no como un hecho. Bastan la placa y la inscripción sobre el pavimento para que la esquina adquiera interés. Allí puede apreciarse cómo un inmueble común fue asociado a dos autores que convirtieron sus diferencias en parte de la historia literaria del Siglo de Oro.

Góngora, Quevedo y las anécdotas difíciles de probar
Los estudios sobre Quevedo sitúan el inicio de sus tensiones con Góngora, en los años de Corte en Valladolid (1601-1605). En la relación de rivalidad que continuó después en poemas y escritos contra el culteranismo y su rival, iría más allá. Esa contienda tiene base documental, aunque ciertos episodios que la acompañan son posteriores a su relación, lo que implica otras interpretaciones.
También se atribuyen a Quevedo respuestas fulminantes que las fuentes no permiten convalidar. Repetirlas sin advertencias podría llevar al engaño, como si la habilidad literaria se convirtiera en un repertorio de chistes de autoría incierta; en este sentido, es más provechoso hacerse cargo de los textos que hacen autor y de la documentación conservada sobre su biografía.
La detención de 1639: de Madrid a San Marcos de León
La noche del día 7 de diciembre de 1639, dos alcaldes de Corte entraron en la residencia madrileña del duque de Medinaceli, donde Quevedo se alojaba. Se le ordenó que se vistiese, recogieron sus papeles y lo detuvieron. Salió de Madrid en dirección al convento de San Marcos de León, donde estuvo detenido hasta junio de 1643. Su libertad se produjo cuando ya había caído el conde-duque de Olivares.
Los motivos de aquella detención siguen siendo objeto de discusión. Se los ha relacionado con las críticas al gobierno de Olivares y con escritos que se le atribuyen al poeta, pero la documentación no permite reducir el caso a la única causa demostrada. Una carta del valido a Felipe IV, de 1642, publicada y estudiada por John H. Elliott, muestra que la prisión seguía siendo un asunto delicado de la política. El arresto y el traslado están documentados, la explicación última exige más precaución.
Quevedo regresó a Madrid después de recobrar la libertad, con la salud deteriorada a consecuencia del cautiverio. Posteriormente, volvió a la Torre de Juan Abad. El 8 de septiembre de 1645 perdía la vida en Villanueva de los Infantes, y lejos de la ciudad que le vio nacer.
Las huellas que Madrid dedicó a Quevedo
El Ayuntamiento de Madrid colocó, con motivo del tercer centenario de su muerte, una lápida en el solar de su antigua casa en el año 1945. En la lápida se reproducen las fechas en las que fue su casa y se le llamó «poeta eminentísimo», lo que permite que hoy, a pesar de lo efímero de su significado, la memoria del escritor sea indisoluble de una esquina fácilmente localizable del Barrio de las Letras.

Su monumento, obra de Agustín Querol, tiene un relato muy distinto y menos conocido pues, el 5 de junio de 1902, una versión, un modelo en yeso, se inauguró a modo de prueba en la plaza de Santa Bárbara, hoy glorieta de Alonso Martínez, puesto que no se había terminado aún la escultura definitiva. El conjunto quedó rematado en octubre. En 1963 fue trasladado a la glorieta de Quevedo. En las figuras del pedestal se puede ver la sátira, la poesía, la prosa y la historia, distintas facetas de su trabajo como escritor. La lápida, la estatua, el callejero y el Metro son todos elementos muy posteriores a Quevedo. Nos hablan del modo en que Madrid ha recuperado la memoria del escritor, al mismo tiempo que los documentos del siglo XVII nos ofrecen la posibilidad de aproximarnos al hombre que vivió entre las calles y los temas de la Corte.

Un Madrid que aún permite seguir sus pasos
San Ginés, el viejo colegio de los jesuitas o el solar de la casa del Barrio de las Letras permiten conformar una parte de su biografía. A esos lugares se suma otro espacio menos visible: la residencia madrileña donde fue detenido en el año de 1639. En Madrid encontró protectores y enemigos, pero también abrió la ruta a su prisión en León. Las sátiras contra Góngora dan cuenta de una parte de su fama, pero no lo explican todo. Quevedo trató de política, religión, filosofía y costumbres, se movió entre ciudades y conoció, de primera mano, las tensiones de la monarquía de su tiempo. La relación de Quevedo con Madrid fue intensa; pero nunca sólo con Madrid.
Hoy, la esquina de las calles Quevedo y Lope de Vega mantiene el recuerdo de aquella casa atrapado en una modesta construcción. Es una dirección desde la que se puede volver a elaborar una historia de escuelas, protectores, controversias literarias y decisiones políticas que marcaron la vida del escritor.




