Los puentes primitivos de Segovia y Toledo: antes de los monumentos del Manzanares
El Manzanares no precisaba de un gran caudal para poner en aprietos a Madrid. Volvía a ser suficiente con una grande crecida para arruinar los pasos que ponían la villa en relación con los caminos de Segovia, con Extremadura o con Toledo. Cuando un puente cedía, no solo se sucedían las piedras o la madera sino que los desplazamientos y el abastecimiento se dificultaban.
Hoy, de esos puentes conocemos sólo dos y son muy distintos entre sí, el de Segovia, con mimbres renacentistas y la impronta de Juan de Herrera, y el de Toledo con sus trazos barrocos de Pedro de Ribera. Ambos sustituyeron pasos anteriores, pasos que necesitaron reformas incesantes. La historia de todos ellos comienza mucho antes que las obras monumentales que aún perduran.
Antes de Herrera: los pasos medievales hacia Segovia
El Puente de Segovia es el más antiguo de los grandes puentes históricos que se conservan en Madrid, pero no fue el primero de ellos en dicho lugar. El Ayuntamiento destaca la existencia de construcciones más antiguas, de poco aguante y de breve duración, por lo menos a partir del siglo XIV.
Este paso occidental es la salida de la villa hacia el camino de Segovia y, desde él, hacia otros caminos, incluido el de Extremadura. Abrirlo era una necesidad práctica: por él circulaban personas y mercancías, y era el canal para enviar noticias. Cada reparación afecta, por ello, al día a día de la villa de Madrid.
Los documentos preservan nombres y cantidades que permiten seguir dicha historia, mediante el tiempo. En el año 1345, Alfonso XI ordenó cumplir la voluntad de Mencía Fernández, vecina de Madrid que consagraba la tercera parte de sus bienes para reparar el Puente de Segovia. Al año siguiente, el rey autorizó al Concejo para repartir entre los contribuyentes 8.000 maravedíes para obras nuevas.
En 1482, uno de los arcos volvió a dar problemas. El Concejo se lo encargó a dos maestros alarifes, a Mahomad de Gormaz y a Abraén de San Salvador, y tuvo un coste de 5.000 maravedíes mediante un repartimiento. Mucho antes de Gaspar de Vega y Juan de Herrera, pues otros constructores más antiguos no debieron dejar de intervenir en el mantenimiento del paso.
Estos datos no nos bastan para reconstruir una secuencia completa de puentes medievales. Sabemos que hubo construcciones frágiles, reparaciones, o sustituciones de aquellos, pero no sabemos precisamente cómo eran y cuánto duraban. Hablar de un único «puente primitivo» puede ocultar dicha historia de transformación.
1561: la Corte necesita un paso más seguro
La llegada de la Corte de Felipe II a Madrid, en 1561, favoreció que se pudieran establecer nuevos niveles de importancia en los accesos a la ciudad. Los pasos que había tenido la villa resultaron escasos si comparamos con las necesidades de una capital cortesana.
En 1574, una provisión real promueve el nuevo Puente de Segovia. Gaspar de Vega, maestro mayor del rey, inicia su construcción y llega a realizar los cimientos de las cepas principales. Tras su muerte, en 1577, Juan de Herrera se encarga de la obra. En 1584 las trazas renacentista están prácticamente ejecutadas.
Resultado: un puente de granito de nueve arcos de medio punto. Ha sufrido daños, reparaciones, reformas, pero, aun así, continúa uniendo la calle de Segovia con el acceso occidental a Madrid. Su perdurabilidad contrasta con la fragilidad de los pasos anteriores.

Las imágenes y los restos del puente anterior
El catálogo de la Exposición del Antiguo Madrid, publicados ya en el año 1926, ofrece la imagen de un Puente de Segovia anterior al actual. En la fotografía aparecen trece arcos y, en la margen derecha, un acceso realizado con la mezcla de dos muros curvados; aunque es un testimonio visual interesante, no permite por sí sólo hacer un repaso de la trayectoria del Puente.
Otra de las vistas a la que se hace referencia contiene menos arcos y ya no exhibe aquél acceso; los autores del catálogo entendían que podía representar la fase posterior y más deteriorada. Se trata de una interpretación de las imágenes, no de una cronología demostrada únicamente por ellas. La diferencia entre ambas ayuda a verificar por qué no podemos conceder la forma única y de manera duradera al puente medieval.
Las imágenes se complementaron con un hallazgo arqueológico. Durante el soterramiento de la M-30 en el 2006 ya se contabilizaban los restos del antiguo puente aguas arriba del actual: una embocadura, una pila, arranques de arcos; de acuerdo con la exposición de motivos que se realizó en la intervención, tales elementos fueron desmontados, trasladados y almacenados en dependencias municipales de la Casa de Campo. En el mismo informe se propuso también la reubicación, aunque no acredita que aquella propuesta llegara a ejecutarse. La excavación, pues, proporcionó evidencias materiales de lo que hasta este momento únicamente habíamos conocido por documentos e imágenes.
El camino de Toledo, un proceso de reconstrucciones
El paso a través de Toledo no fue, tampoco, fácil de explicar. El Ayuntamiento hace referencia a antecedentes de la pasarela desde el siglo XV, con construcciones de madera o ladrillo y posteriormente, de aspecto pétreo. Su objetivo era conectar Madrid con los caminos del sur de España.
La Crónica del Halconero de Juan II da cuenta de un ataque violento en la Puente Toledana del 24 de junio de 1436. La información, desde luego, no explica su aspecto, pero sí acredita la existencia y la importancia del paso. En 1477, los Reyes Católicos le encomiendan a todos los pueblos de su jurisdicción la martiniega para reunir fondos destinados a su restauración. La conservación del puente era, desde hacía siglos, anterior a la construcción barroca que conocemos.
Las fuentes municipales mantienen las testimonios de procesos variados. Una ficha de los archivos lo sitúa en 1623 como el origen de un proyecto vinculado a Juan Gómez de Mora. Otra es la descripción de una fase posterior, que da cuenta de un puente proyectado por Gómez de Mora y construido por José de Villarreal entre 1649 y 1660. Se está haciendo referencia, pues, a momentos diferentes y que no han de confundirse ni ser reducidos a la única fecha.
Las crecidas del Manzanares, con todo, interferían en los nuevos proyectos. La villa reparaba lo que podía y una vez que el paso dejaba de funcionar, planteaba un nuevo proyecto.

1680: el puente de piedra es aniquilado
Entre 1670 y 1677 se levantó un puente de piedra, uno de los antecedentes más directos del actual. No tardó en ser destruido por una riada, en 1680. En 1682, se le encargó al maestro mayor de la Villa de Madrid, José del Olmo, la realización de nuevos planos. Del Olmo proyectó un puente de once arcos para el que realizó un diseño de inspiración herreriana semejante al del Puente de Segovia. Las obras, por el contrario, encontraron dificultades y se abandonaron definitivamente en 1691. Para esa fecha únicamente se habían desarrollado parte de los manguardias y comenzado algunas cimentaciones.
La obra interrumpida dejó también su impronta. El propio Ayuntamiento hace constar que Pedro de Ribera volvió a servir parte de lo construido anteriormente. Algunos materiales de la manguarda de Carabanchel permiten incluso darse cuenta aún de esa fase previa.
Pedro de Ribera y el puente que vemos
En 1715, bajo el corregimiento del marqués de Vadillo, se le encargó a Pedro de Ribera una nueva reconstrucción. La documentación municipal no da una fecha como la única del inicio de sus trabajos: una ficha hace referencia a su intervención a partir de 1718, mientras que otros documentos dan comienzo a las obras en 1719. De este último año se conservan, incluso, planos firmados por Ribera. No hay que presentar esas referencias como si describieran el mismo momento. No existe consenso total respecto al final de la obra. Mientras que una ficha patrimonial del Ayuntamiento sitúa las últimas remataciones en 1727, la información sobre Madrid Río lleva esa cronología hasta 1732. Sin más documentación, no podemos atribuir esos años de diferencia a una determinada fase de trabajo.

Ribera trabajó el proyecto recibido de forma notable. A los once arcos inicialmente proyectados por José del Olmo, Ribera propuso sustituirlos por nueve, y transformó los machones en bastiones semicirculares con miradores. El nuevo diseño, más grandilocuente, cumplía con altas cotas de ornamentación barroca tal como se advierte, entre otros, en los dos templetes centrales destinados a las esculturas de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza. El puente resolvía una necesidad de paso y, al mismo tiempo, adquiría una presencia monumental. La litografía de 1837 realizada por David Roberts da a conocer el resultado de esa transformación: los arcos y los templetes del Puente de Toledo habían hecho suya la imagen de la ciudad de Madrid del siglo XIX.

Dos accesos a Madrid, dos estilos de arquitectura
Los dos puentes son el fiel reflejo del cambio que experimento la forma de construir los accesos a la ciudad de Madrid, siendo el de Segovia el que da respuesta al crecimiento de la capital durante el reinado de Felipe II, y el de Toledo, levantado en una época mucho más posterior, la combinación de la necesidad de cruzar el río con una arquitectura de representación más ornamentada.
En el caso de Segovia, las formas sobrias del Renacimiento, asociadas a Herrera, dominan la forma del puente. En el puente de Toledo, los templetes y miradores de Ribera hacen explícito el lenguaje barroco. Ambas soluciones dan respuesta a un problema que había acompañado históricamente a la ciudad de Madrid: mantener abiertos sus caminos a pesar de las crecidas.

El Manzanares y la fragilidad de los pasos
El Manzanares suele ser recordado como un río de caudal escaso, pero sus crecidas podían arruinar con facilidad una obra que había costado años construir. Gran parte de la historia de estos puentes va explicando la alternancia entre etapas de uso y episodios de destrucción.
Antes de los arcos que ahora contemplamos existieron estructuras de madera y ladrillo, piezas en piedra que no resistieron, cimentaciones abandonadas y proyectos que nunca llegaron a completarse. Conocer esos intentos facilita mirar los puentes existentes como el producto de una larga experiencia constructiva y no como obras aisladas vinculadas a su pasado.

La imagen actual del Puente de Segovia, con las vistas de Madrid Río y el Palacio Real al fondo, pertenece a una ciudad muy diferente a la que pagaba reparaciones mediante repartos. Los arcos, no obstante, continúan recordando la misma necesidad: cruzar el Manzanares y lograr que el paso pudiera resistir la siguiente crecida.


